“Desde que nací mi principal objetivo fue vivir tranquila, encontrar la felicidad. La relación con mis padres tenía sus más y sus menos, pero salí adelante. Viví muchos miedos, inseguridades y envidias hasta que me enamoré. Nunca fui capaz de hablar con nadie de cómo me sentía, pero ya no hacía falta, no estaba sola. Desde ese momento me dediqué a mi pareja, lo único importante éramos los dos, los problemas parecían desaparecer a su lado, aunque esa felicidad no duró para siempre. Empecé a darme cuenta de que él cada vez estaba más distante, apenas hablábamos y cuando lo hacíamos era discutiendo, volvía a sentirme como en aquellos años de juventud en los que nada tenía sentido para mí, ¿sola otra vez?, necesitaba encontrar una nueva ilusión, busqué quedarme embarazada y nació mi niño. Me seguía sintiendo igual de sola al lado de mi pareja, pero mi hijo era ahora el centro de mi mundo, el que siempre estaría a mi lado. Los profesores me llamaban la atención sobre su comportamiento, a veces no se portaba todo lo bien que debía, pero yo siempre le quité importancia, intentaba que entendieran su situación, eran “cosas de críos”. A medida que fue creciendo, empezó a faltar a clase, dejó de estudiar, seguía con sus travesuras, varias veces tuve que ir a buscarle a comisaría, pero eran cosas de la juventud. Nunca mantuvo un trabajo más de 6 meses. Alguna vez noté que venía bebido a casa, incluso algún fin de semana desaparecía. El otro día mi mundo se derrumbó, me confesó que lleva años bebiendo y que hace tiempo que se ha dado cuenta de que no puede parar. Tiene un problema muy grave con el alcohol, ¡no sé qué hacer!”
Ante este tipo de situación la familia puede reaccionar de varias formas. A veces se produce un miedo paralizante que puede llegar a aplazar la decisión de buscar ayuda profesional. Se minimiza el problema tratando de convencerse de que “no es tan grave”, “es solo una etapa”, “se ha pasado un poco bebiendo pero pronto volverá a su vida normal”.
En otras ocasiones el descubrimiento del consumo se considera como una autentica tragedia, se culpabiliza miembro consumidor y rápidamente se le ingresa para “que me lo curen”.
Son dos ejemplos de actuación de la familia que no ayudan a resolver el problema.
El consumo abusivo de drogas se relaciona con dificultades de la vida cotidiana, situaciones que el adicto no sabe resolver y que le generan emociones que no es capaz de tolerar. El papel de la familia en el tratamiento es fundamental, ésta puede ayudar en la recuperación o suponer un gran hándicap para la persona que quiere recuperarse.
¿Qué deben hacer los familiares?
- Buscar la ayuda de profesionales con experiencia en adicciones.
- Implicarse de forma activa en la recuperación.
- Tener claro que sólo dejar de consumir, no significa que la persona ya esté recuperada. Es necesario otro tipo de cambio para no volver a ello cuando surjan nuevas dificultades.
- Revisar la parte de responsabilidad que tiene cada uno, mirar hacia dentro en lugar de buscar culpables fuera. Es frecuente escuchar… “la culpa la tienen sus amigos”, “les por la sociedad en la que vivimos”. La conducta de los familiares puede haber influido o no en el origen del consumo abusivo, pero interviene claramente en su mantenimiento.
- Ser honestos y hablar claro. De las vivencias que han tenido a lo lardo del periodo de consumo activo, de las sospechas que pueden tener sobre cómo se está comportando en recuperación, etc.
- El adicto es adulto y hay que tratarle como tal. Se le deben poner límites y dar las responsabilidades que le corresponden.
Mónica Domingo Martínez – Psicóloga CTMadrid